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Mi corazón da un vuelvo a dura penas me levanto; el dolor continuo del inmenso quiste idiático que llevo a un costado, me punza como un cuchillo, mi cuero que debido a mi enfermedad se ciñe a mis costillas, dando así origen al sobrenombre metafórico que los hausos que me cuidan me han dado EL ARPA.
Me olvido de mis dolores y salgo a recibir, dando saltos solo con mis patas delanteras, porque las traseras casi las arrastro, veo bajarse al Vichoco. Hace dos años que no lo veía, debe tener unos 19 años, está alto, yo lo conocía desde los doce años: trae su tenida de caza puesta, la conozco bien, como bien conozco su escopeta, una italiana del año de la cocoa, yuxtapuesta, percutories a la vista, 76 cmt. de cañón. Me acerco a él, me mira como cara de espanto y me dice: "Dic putas que esta mal", me toma la cabeza y se le llenan los ojos de lágrimas, "mi perro viejo"; en seguida se da vuelta hacia el auto y mira a su acompañante y le dice "Jorge mira al Dic que mal esta" Chuta, tremenda pelota que tiene, exclama Jorge, amigo y compañero de cacería del Vichoco, yo cuantas veces los había visto disputar la fracción de segundo en que yo levantaba la perdiz y escuchaba un solo tiro, mientras una pelota marrón daba tumbo en el potrero; la pregunta era siempre la misma ¡tiraste!, mientras los dos abrían sus escopetas, mostrando el tiro vacio. Eran rapidísimo, los mejores que yo conocía, siempre alguna ventaja en el recuento de las piezas llevaba Jorge por experiencia, tenía casi diez años más que el Vichoco.
Mientras yo hacía esta pequeña memoranza, Jorge abrió el portamaletas del auto y de inmediato saltó como un resorte la Bony, una braco, blanca, poroteada café, baja de estatura y nariz partida, excelente olfato pero un poco torpe en el potrero.
En seguida el Vichoco fue al portamaletas y bajó en brazos a una hembra de unos siete meses, blanca poroteada entera, cabeza pequeña tapada negra. Adiviné inmediatamente quien era esa, era la culpable de que el Vichoco me tuviera botado en este fundo, era la tal Fifi, sobre la cual los huasos que me cuidaban me hablaban, me decían: "jodiste, Dic, ahora el patrón tiene una perra que apenas tiene siete meses y es una maravilla".
La Fifi era hija de la Bony, y el Jorge se la había regalado al Vichoco. Yo la observaba,no me aguantaba las ganas de darle un empujoncito más que fuera, me acerque a ella y al imponerle mi figura quijotesca, se botó al suelo, como pidiéndome disculpas, acto que observó el Vichoco: "no Dic, me dijo, ya estas casi muerto y quieres pegarle a la guagua". Se acercó a la perra y le dijo: "que paso mi guaguita, el viejo le quiere pegar", poniendo una cara de estúpido que pocas veces la había visto.
Acto seguido armaron sus escopetas, yo me preparé para ir de cacería, pero el Vichoco me amarró el cordel al cuello y me llevó al fondo de la casa. Jorge le dijo "esto lo prefiero hacer yo, el Dic está puro sufriendo", me amarró a un arbol y me ordenó que me hechara. Yo obedientemente me tiré al suelo, poniendo la cabeza entre mis patas. "Pérdoname huacho, pero así vas a sufrir menos". Ahí recien descubrí mi situación, pero era tal mi perplejidad que no atinaba a anda. Lo vi abrir su escopeta y sobre sus manos empezaron a caer gotas de lluvia inexistentes, más su accionar era sin vacilaciones. El tiro que puso fue un pedana, tec negro, lo conocía bien, el Vichoco botaba conejos a 50 metros con ellos, sabía perfectamente el poder que tenía.
Lo vi levantar su escopeta y apuntarme, nunca había estado en esta situación, mil veces lo había visto apuntar, pero nunca hacia mi. Miré los dos oscuros orificios de la escopeta, como el le decía y a mimente llegaron miles de pensamientos que me sacaron de ese lugar.

Autor: Vichoco
Fecha: 04/07/03
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